

DIFUSIÓN - ¿Cómo vender más y mejor?
Ángel García Butragueño. Director Turismo y Ocio y Miembro del Consejo Asesor en Brain Trust CS.
¿Hacia dónde se dirige la empresa? ¿En qué mercados quiere estar a corto y largo plazo? ¿Cómo se va a ampliar la base de clientes? Todas estas preguntas deben encontrar su respuesta en lo que se conoce como el plan estratégico, que en teoría sirve para marcar los objetivos de la compañía y cómo lograrlos. En los ámbitos de la alta gestión empresarial se concede la máxima importancia a este documento, que se podría definir como la hoja de ruta de la empresa hacia el éxito (o por lo menos lo que esa compañía considere como exitoso).
La mayoría de las grandes multinacionales no conciven su desarrollo sin un plan estratégico, pero conviene cuestionarse si ocurre lo mismo con las pyme y las empresas de nueva creación. ¿Tan imprescindible resulta un plan estratégico profesional? y, sobre todo, ¿Merece la pena invertir el tiempo que requiere su creación? Lo cierto es que en este caso la respuesta no está del todo clara. Quizás todo se deba a un error de forma y de formación, ya que la mayoría de ejemplos, consejos y fórmulas para desarrollar un plan estratégico tradicional están enfocados hacia la gran empresa y no siempre se pueden aplicar entornos más reducidos.
En este sentido, puede ser importante contar con un plan de negocios, siempre que este se adapte a la realidad de la empresa, su tamaño y sus recursos. De nada sirve elaborar un plan estratégico y de negocios perfecto si después no se disponen de los medios para ejecutarlo o si está del todo alejado de las posibilidades de la empresa.
Este problema se puede extrapolar a otros ámbitos de la empresa. Uno de los más ilustrativos es el de la publicidad y marketing. Una de las recomendaciones más repetidas es que en tiempos de crisis hay que mantener (sino aumentar incluso) la inversión en este área. Se trata de una afirmación que puede ser útil para una multinacional, pero no para una pyme con un presupuesto mucho más ajustado y que por lo tanto debe ser más selectiva en sus inversiones. Lo mismo sucede con otros cientos de estrategias de marketing que difícilmente pueden traspasarse con éxito al mundo de los emprendedores.
Redes sociales, tarjetas de visita, publicidad online, marketing viral… son herramientas muy válidas, pero no todas se pueden adaptar a las necesidades de una pyme y mucho menos a su presupuesto. Por fortuna, muchas de estas herramientas son gratuitas o semi-gratuitas. Es decir, no supondrán un saldo negativo para la cuenta de resultados, pero también conviene contabilizar el tiempo y los recursos que hará falta dedicar -algo que ya abordamos en un post anterior-.
Pero retomando la cuestión del plan estratégico y por extensión del plan de negocios, siempre será conveniente contar con uno, pero adaptado a la realidad y los objetivos de la empresa. Un pyme no siempre necesitará un documento profesional y puede que le baste con un esbozo a modo de guía. De hecho, hay multitud de proyectos que comenzaron sólo con una idea, sin demasiada planificación y que hoy en día son grandes multinacionales… Eso sí, también hay que ser consciente de que en el momento de buscar financiación posiblemente sí sean necesarias estas herramientas para poder convencer al socio capitalista, pero hasta entonces, bien puede valer sólo una idea y un objetivo no tan profesional y concreto.
En La Salle son conscientes de la importancia de la formación continua en la empresa no sólo para la propia organización sino también el desarrollo de la carrera profesional del empresario y/o trabajador -no en vano, el Parque de Innovación La Salle forma parte de la La Salle International Graduate School-. El problema es que muchos emprendedores y pequeñas compañías descuidan este área por falta de tiempo o recursos.
No es extraño ver a empresarios que sólo forman a sus empleados cuando no hay otro remedio porque es imprescindible que aprendan a manejar un determinado programa o por ejemplo porque necesitan implementar la nueva normativa contable. Es decir, todavía muchas empresas siguen viendo la formación de sus empleados como un coste prescindible en lugar de como una inversión. Tan sólo las compaías más cercanas a sectores tecnológicos son realmente conscientes de la necesidad de renovar constantemente los conocimientos de sus trabajadores para mejorar así la competencia de su personal.
Pero tampoco se trata de formar por formar. Para que esta inversión sea reantable, hay que contar con un plan bien definido y alineado con los objetivos de la empresa. En el fondo se trata de preveer hacia donde se desarrollará la activida de la empresa y qué conocimientos o habilidades habrá que adquirir durante el camino. Del mismo modo, la formación continua es una forma de incentivar a los empleados, premiar a los más válidos y, en definitiva, de mejorar el valor de la empresa. Y es que si bien las ventajas de formar a un trabajador son muy claras para la persona que recibe esa educación, no lo son menos en el caso de la propia compañía.
Algunos de estos beneficios incluyen la mejora de las capacidades de los empleados, ayuda para adaptarse a los cambios del mercado, mejora de la competitivida, calidad, productividad y rentabilidad en el desarrollo de procesos o la mejora de la imagen de marca como empresa y la transmisión de una cultura empresarial positiva.
Tras leer este pequeño resumen de las bondades de la formación continua, puede que algunos pequeños empresarios y emprendedores empiecen a estudiar la posibilidad de implantar una estrategia de formación, aunque también es factible que en la mayoría de los casos todo quede en aguas de borraja. Y es que apostar por formar a los empleados implica una inversión que no todas las pequeñas empresas pueden asumir. En este punto conviene diferenciar entre el apartado económico y el del tiempo que es necesario dedicar a formarse.
En la actualida existen numerosas alternativas para acceder a cursos de formación gratuitos para empresa. La más sencilla es acudir a la Fundación Tripartita, que reune información sobre los cursos subvencionados para empresa y autónomos. Hay que tener en cuenta que toda empresa destina por ley una parte del salario que paga a sus trabajadores a la formación y que de esta forma puede acceder a cursos gratuitos en función de ese capital aportado. Así, pues apartado económico no tiene por qué ser un impedimento para formar a los trabajadores de la empresa o para formarse como emprendedor.
Los aspectos de la inversión de tiempo que requiere la formación son diferentes. En un mundo tan acelerado como el actual no todas las personas están dispuestas a dedicar una serie de horas de su tiempo libre a formarse y no todas las empresas consienten que sus empleados dejen de producir en horas de trabajo para aprender. La clave, según explican desde la Fundación Tripartita, pasa en muchos casos por diseñar cursos de duración corta (de un mes como mucho) y que no requieran la atención de trabajador por más de unas pocas horas semanales. Se trataría de microcursos más especializados en áreas muy concretas.
En el mejor de los casos, casi siempre es posible llegar a un acuerdo y lograr que trabajador y empresa compartan gastos y sobre el tiempo de dedicación que exija el curso. En el caso de los gastos, si el curso excede el coste subvencionado, la empresa bien puede aportar la cantidad establecida por al subvención y que sea el propio trabajador quien abone el resto o establecer cláusulas de permanencia en la empresa si decide correr con todos los gastos. Con el tiempo que requiera el curso ocurre algo parecido, ya que también se puede compartir. Así, la parte más relacionada con las clases podría correr a cargo de la empresa y la del estudio del tiempo libre del trabajador. Evidentemente cada una de las partes puede esgrimir que la otra será la principal beneficiada y que por eso no está dispuesta a ceder su tiempo, pero como ya hemos visto, en lo referente a la formación contínua, tanto empresa como empleado salen bien parados, así que… ¿No será mejor ponerse de acuerdo?
Imagen – Universidad de Navarra en Flickr
Al igual que en un pareja hay un momento en el que lo mejor es que cada uno siga su camino, en una empresa puede llegar el día en el que las desavenencias entre socios recomienden ‘romper’. El problema es que, como ocurre en un matrimonio, hay una serie de parámetros a los que atenerse a la hora de afrontar la separación. No se puede ‘coger la puerta y marcharse’, porque hay montañas de papeleo esperando.
Una vez acordado que lo mejor es separarse existen tres formas de afrontar el proceso: vender la empresa a un tercero, liquidar la sociedad o que uno de los socios abandone la compañía Cada una de las alternativas tienes sus ventajas desventajas, pero también hay que tener en cuenta las implicaciones legales.
En este sentido, existen una serie de causas legales por las que se puede excluir a un socio de la empresa en el caso de las sociedades de responsabilidad limitada, las más comunes entre las pyme y emprendedores, que están recogidas en el árticulo 95 de la Ley de Sociedades de Responsabilidad Limitada . Los estatutos son otra fuente legal de motivos para la exclusión de socios, siempre que se pueda acreditar la existencia de la causa de separación, la forma en que va a producirse y el plazo en el que se llevará a cabo. Una vez alcanzado el acuerdo, éste se publica en el Boletín Oficial del Registro Mercantil o se comunica por carta a cada uno de los socios. Cuando han recibido el documento ambas partes disponen de un mes para ejercer su derecho de separación.
Tal y como ocurre en el matrimonio, la mayoría de los problemas surgen cuando una de las partes (o las dos) se niegan a venderlo todo -liquidar la empresa y desean seguir con la actividad de la misma. Lo más complicado es determinar el valor de la compañía y quién debe ser el socio que la abandone (en caso de que ambos deseen quedarse con ella). En teoría, los estatutos de la compañía marcan el porcentaje de participación de cada socio y hacer un recuento de los bienes pasivos no debería ser tan complicado. Sin embargo no ocurre lo mismo con intangibles como la imagen de marca, cartera de clientes, reputación de la empresa…. Y ahí es donde pueden surgir los problemas.
Llegados a este punto la mejor solución pasa por recurrir a un equipo de expertos que se encargue de todo (a ser posible incluso de la división de la cartera de clientes) para tratar de cerrar el asunto lo antes posible y, sobre todo, de la forma más amistosa posible.
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